
Dolor en el rock nacional: murió Daniel Buira, histórico baterista de Los Piojos
El músico falleció a los 55 años tras descompensarse en una escuela de percusión. Fue pieza clave en el sonido y la historia de Los Piojos.
El rock argentino amaneció con una noticia que golpea directo al corazón de toda una generación. Daniel Buira, histórico baterista de Los Piojos, falleció en la madrugada a los 55 años tras sufrir una descompensación mientras se encontraba en una escuela de percusión en el partido bonaerense de Morón.
Según informaron fuentes policiales, el músico estaba en la Escuela de Percusión La Chilinga cuando comenzó a sentirse mal. Testigos indicaron que Buira pidió ayuda porque “no podía respirar” y, pocos segundos después, se descompensó, perdió el conocimiento y dejó de respirar. Tras el llamado al 911, personal policial y del SAME acudieron al lugar, donde finalmente se constató su fallecimiento.
De acuerdo a lo que señalaron familiares a las autoridades, el baterista padecía asma, aunque el Ministerio Público Fiscal dispuso las medidas correspondientes para esclarecer las circunstancias del hecho. La causa quedó en manos de la UFI 8, en un contexto donde no hay cámaras en el interior del espacio, aunque sí registros del exterior.
Más allá de la conmoción por su muerte, la figura de Daniel Buira remite inmediatamente a una etapa fundamental del rock nacional. Integrante de Los Piojos desde sus inicios a fines de los años 80, fue uno de los pilares rítmicos sobre los que se construyó la identidad sonora del grupo. Su estilo, que combinaba la potencia del rock con elementos de la percusión latinoamericana, ayudó a definir una estética que marcó época.
Durante su paso por la banda, Buira participó en la grabación de discos fundamentales como “Chactuchac” (1992), “Ay ay ay” (1994), “Tercer arco” (1996), “Azul” (1998) y “Verde paisaje del infierno” (2000). Cada uno de estos trabajos no solo consolidó el crecimiento del grupo, sino que también dejó una huella imborrable en la cultura popular argentina.
Buira fue protagonista de la etapa de mayor masividad de la banda, cuando Los Piojos llenaban estadios y encabezaban festivales multitudinarios. Entre esos hitos, se recuerdan especialmente sus shows en el estadio de River Plate, donde la energía del grupo alcanzó niveles históricos, y sus giras por todo el país, que ayudaron a expandir su convocatoria.
Su manera de tocar no se limitaba a sostener el pulso: Buira entendía la percusión como un lenguaje expresivo en sí mismo. Sus grooves tenían identidad propia, con matices que iban desde lo tribal hasta lo urbano, aportando una riqueza sonora que se volvió inconfundible dentro del rock nacional.
Tras la separación de la banda en 2009, lejos de alejarse de la música, el baterista profundizó su camino artístico desde otro lugar. Participó en diversos proyectos y colaboraciones, pero también se enfocó en su faceta como percusionista, explorando ritmos afro y latinoamericanos, muchas veces desde una lógica más colectiva y experimental.
En ese recorrido, su rol como docente fue clave. Buira desarrolló una intensa actividad en espacios de formación musical, con un fuerte compromiso en la transmisión de conocimientos. Su vínculo con la Escuela de Percusión La Chilinga no era casual: allí encontraba un espacio donde la música se vivía desde lo comunitario, como una experiencia compartida y transformadora.
Quienes lo conocieron destacan no solo su talento como músico, sino también su generosidad como formador. Para muchos jóvenes percusionistas, fue una referencia directa, alguien que no solo enseñaba técnica, sino también una manera de entender la música como encuentro.
La noticia de su fallecimiento generó una inmediata repercusión en el ambiente artístico, con mensajes de colegas, músicos y fanáticos que recordaron su legado. En cada uno de esos testimonios aparece la misma idea: la de un artista fundamental para entender una parte de la historia del rock argentino.
Hoy, su ausencia deja un vacío difícil de llenar. Pero su huella permanece en cada canción, en cada ritmo, en cada recital donde su batería marcó el pulso de una generación.
Porque si algo queda claro al repasar su trayectoria, es que Daniel Buira no fue solo un baterista: fue parte del latido de una banda que se convirtió en símbolo. Y ese latido, de alguna manera, seguirá sonando.