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Corvata Corvalán y el nacimiento de A.N.I.M.A.L.: cuando el metal argentino empezaba a cambiar de piel

Una historia de salas de ensayo, cruces inesperados y decisiones que marcaron el rumbo de una de las bandas fundamentales del metal nacional.

Corvata Corvalán y el nacimiento de A.N.I.M.A.L.: cuando el metal argentino empezaba a cambiar de piel

Una historia de salas de ensayo, cruces inesperados y decisiones que marcaron el rumbo de una de las bandas fundamentales del metal nacional.

Marcelo “Corvata” Corvalán construyó una trayectoria que atraviesa distintas etapas del rock pesado argentino. Antes de convertirse en una de las voces reconocibles de A.N.I.M.A.L. y, años después, liderar nuevos proyectos como Carajo y Arde la Sangre, fue un músico joven que buscaba su lugar entre bandas de barrio, instrumentos prestados y salas de ensayo donde las oportunidades podían aparecer sin previo aviso.

En un reciente repaso de aquellos comienzos, el bajista y cantante volvió sobre una etapa decisiva: los encuentros que terminaron acercándolo a Andrés Giménez, su relación con el entorno de Los Violadores y el camino que desembocó en la grabación del primer álbum de A.N.I.M.A.L. en 1992. No se trata solamente de una anécdota sobre cómo se forma una banda. Es también una postal de una escena que estaba incorporando nuevos sonidos y empezaba a imaginar un metal con identidad propia.

A fines de los años ochenta, Corvalán transitaba una experiencia bastante habitual para muchos músicos de aquella generación: tocar con amigos, cambiar de integrantes, probar estilos y aprender sobre la marcha. El blues, el rock y el punk formaban parte de ese recorrido inicial, hasta que la irrupción de grupos internacionales más pesados amplió sus horizontes. Escuchar bandas como Metallica y Pantera significaba descubrir otras posibilidades para las guitarras, el bajo y la manera de construir canciones.

La formación musical de Corvata no nació de un plan profesional cuidadosamente diseñado. Fue una búsqueda progresiva, alimentada por discos, ensayos y la necesidad de encontrar una identidad dentro de un circuito independiente en el que hacerse escuchar requería perseverancia.

Uno de los lugares fundamentales de esa historia fue una sala de ensayo ubicada en la zona de Gascón y Humahuaca, en Buenos Aires. El espacio funcionaba de una manera particular: los grupos alquilaban habitaciones vacías, llevaban sus propios equipos y podían disponer de ellas para ensayar. Tener un lugar propio representaba mucho más que una comodidad logística. Permitía reunirse con regularidad, desarrollar canciones y construir una dinámica de trabajo sin depender de horarios demasiado restrictivos.

En aquellos pasillos y habitaciones comenzaron a coincidir músicos que, con el paso del tiempo, ocuparían lugares destacados en el metal argentino. Entre ellos estaban Andrés Giménez y Aníbal Alo, vinculados al proyecto que terminaría convirtiéndose en A.N.I.M.A.L. Corvalán los conoció en ese ambiente, cuando todavía estaba concentrado en su propio grupo y no imaginaba con claridad hasta dónde podía llevarlo aquella red de encuentros.

La cercanía con Los Violadores añadió otro elemento inesperado. La banda punk, protagonista de una historia esencial para entender la irrupción del punk argentino, también formaba parte de ese universo de salas y músicos que compartían espacios. La relación entre ambos proyectos no surgió de una estrategia comercial ni de una colaboración planificada, sino de la proximidad física y de las circunstancias que rodeaban a una escena musical en movimiento.

En ese contexto, la salida de Roberto “Polaco” Zelazek de la formación inicial de Animal abrió una situación que cambiaría el destino de varios músicos. Zelazek tenía una trayectoria vinculada a Los Violadores y había participado en la primera etapa del proyecto encabezado por Giménez. Su alejamiento obligó a reorganizar la banda y dejó vacante un lugar decisivo: el del bajista.

Fue entonces cuando el camino de Corvalán y el de Giménez terminó de cruzarse. Según el recuerdo del músico, aquel acercamiento se produjo después de varios años de coincidencias en el circuito de ensayo. Una consulta que llegó prácticamente de puerta en puerta terminó convirtiéndose en una oportunidad concreta para incorporarse a un proyecto con aspiraciones mucho mayores que las de una banda de amigos.

La decisión coincidió con un momento de transformación para Giménez. Su interés por sonidos más cercanos al hardcore y al metal moderno convivía con las raíces punk de la formación original. Las diferencias de orientación musical contribuyeron a definir el rumbo que tomaría el grupo tras la salida de Zelazek. La continuidad del proyecto exigía encontrar un lenguaje propio, y el ingreso de Corvalán formó parte de esa nueva etapa.

El resultado fue A.N.I.M.A.L., sigla de Acosados Nuestros Indios Murieron Al Luchar, una denominación que también expresaba una mirada sobre la historia y la identidad latinoamericanas. Desde sus primeros pasos, la banda buscó diferenciarse de las propuestas más tradicionales del heavy metal local, combinando potencia instrumental con una perspectiva social y cultural que se volvería característica de su repertorio.

El álbum debut, publicado en 1993, fue grabado en 1992, cuando Corvalán tenía 21 años. El músico suele identificar aquella experiencia como el momento en que su carrera comenzó a adquirir una dimensión profesional. Hasta entonces habían existido ensayos, bandas anteriores y aprendizaje; a partir de ese disco, el proyecto empezó a tomar forma como una apuesta concreta dentro de la industria musical.

Aquel primer trabajo todavía conservaba elementos del heavy metal clásico, junto con influencias del grunge y de otras corrientes que circulaban internacionalmente. Con el tiempo, la banda profundizaría una combinación más agresiva de groove metal, hardcore y thrash, especialmente en discos posteriores. Esa evolución acompañó una transformación más amplia de la escena pesada argentina durante los años noventa.

La historia de Corvata no terminó con A.N.I.M.A.L. Su salida del grupo en el año 2000 abrió el camino para Carajo, el trío que formó junto a Andrés Vilanova y Hernán “Tery” Langer. Allí desarrolló otra faceta compositiva y consolidó una conexión con nuevas generaciones de seguidores. Décadas después, Arde la Sangre volvió a demostrar su disposición a empezar de nuevo, mientras que CORVEX abrió una puerta hacia una búsqueda solista más introspectiva y experimental.

Mirar hacia aquellos primeros años permite entender que las carreras importantes no siempre comienzan con grandes escenarios ni con contratos discográficos. A veces nacen en una habitación vacía, entre cables, amplificadores y músicos que todavía están descubriendo qué quieren hacer. Para Corvata, aquellas salas fueron el punto de partida de un recorrido que continúa reinventándose sin perder el vínculo con sus raíces.

La historia del nacimiento de A.N.I.M.A.L. recuerda, además, que las escenas musicales se construyen a partir de encuentros, diferencias y decisiones que en su momento pueden parecer pequeñas. Un ensayo compartido, una vacante inesperada o una conversación en un pasillo pueden modificar el rumbo de una carrera. En el caso de Corvalán, ese entramado terminó conectando una experiencia de barrio con una de las páginas más reconocibles del metal argentino.

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