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AC/DC volvió a Buenos Aires: una descarga eléctrica de clásicos que reafirmó su reinado

Tras 16 años de ausencia, la banda australiana desató una noche demoledora en River Plate, con himnos eternos, energía intacta y una comunión total con el público argentino.

AC/DC volvió a Buenos Aires: una descarga eléctrica de clásicos que reafirmó su reinado

Tras 16 años de ausencia, la banda australiana desató una noche demoledora en River Plate, con himnos eternos, energía intacta y una comunión total con el público argentino.

Después de casi 16 años de espera, AC/DC volvió a pisar suelo argentino con un show que no dejó lugar a dudas: el rock and roll clásico sigue más vivo que nunca. El Estadio Monumental fue el escenario de una noche cargada de historia, potencia y emoción, donde miles de fanáticos se entregaron a una ceremonia eléctrica que quedará grabada en la memoria colectiva.

Desde temprano, la previa fue una fiesta en sí misma. Las tribunas se tiñeron con los clásicos cuernos rojos, símbolo inconfundible de la banda, mientras el público comenzaba a calentar motores con cánticos y una expectativa que crecía minuto a minuto. A las 21:04, el momento finalmente llegó: Angus Young irrumpió en escena con su icónico uniforme escolar para desatar el primer estallido de la noche con “If You Want Blood (You’ve Got It)”. Sin dar respiro, le siguió “Back in Black”, marcando un inicio demoledor que encendió al estadio entero.

A diferencia de lo que suele verse en otros países, donde las pantallas de celulares dominan el paisaje, el público argentino volvió a demostrar su ADN rockero: menos registro digital y más cuerpo, más pogo, más abrazos. La experiencia fue visceral, con una conexión directa entre banda y audiencia que transformó cada canción en un ritual compartido.

El show avanzó como una máquina perfectamente aceitada, hilando clásicos que forman parte del ADN del rock mundial. “Thunderstruck” hizo temblar el estadio con una puesta que simuló una tormenta eléctrica, mientras que “Hells Bells” bajó desde lo alto con su campana icónica, generando uno de los momentos más esperados de la noche. Cuando sonaron los acordes de “Highway to Hell”, la comunión fue total: miles de gargantas unidas en un solo grito, celebrando uno de los himnos más grandes de la historia del género.

Al frente, Brian Johnson se mostró en gran forma, con su voz rasposa intacta y una actitud que no dejó de arengar al público en ningún momento. Su carisma y entrega fueron claves para sostener la intensidad de un show que, fiel al estilo de AC/DC, no necesitó de grandes artificios para impactar. La fórmula sigue siendo la misma: riffs contundentes, bases sólidas y una energía que atraviesa generaciones.

La actual formación de la banda demostró estar a la altura del legado. Stevie Young, sobrino del histórico Malcolm Young, sostuvo con firmeza la base rítmica que caracteriza al grupo, aportando ese pulso inconfundible que define el sonido de AC/DC. A su lado, Matt Laug en batería y Chris Chaney en bajo completaron un andamiaje sólido, sin fisuras, que permitió que cada tema sonara con la precisión y la potencia que el público esperaba.

No hubo lugar para la nostalgia vacía ni para concesiones: AC/DC se plantó en Buenos Aires como lo que es, una banda que no vive de su historia, sino que la reafirma en cada show. Cada riff de Angus, cada golpe de batería, cada grito de Johnson fue una declaración de principios: el rock and roll no envejece, se transforma en leyenda.

El cierre dejó una sensación compartida entre todos los presentes. Mientras las luces se apagaban y el eco de los últimos acordes se perdía en la noche porteña, quedaba claro que la conexión entre AC/DC y el público argentino sigue intacta, incluso después de tantos años de ausencia. No es solo una cuestión de música, sino de identidad, de pertenencia a una cultura que encuentra en estas canciones una forma de expresión genuina.

Con nuevas funciones programadas para el 27 y 31 de marzo, la historia aún tiene capítulos por escribirse. Pero lo vivido en esta primera noche ya alcanza para confirmar algo que parecía obvio, pero que siempre es necesario volver a comprobar: AC/DC no es solo una banda, es una experiencia que se renueva en cada escenario.

Y en Buenos Aires, esa experiencia fue, una vez más, inolvidable.

 

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