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Miguel Abuelo: el poeta salvaje que hizo del rock una forma de libertad

De un orfanato a los escenarios más emblemáticos del país, su vida fue una obra intensa, marcada por la poesía, el desarraigo y una sensibilidad que transformó el rock argentino.

Miguel Abuelo: el poeta salvaje que hizo del rock una forma de libertad

De un orfanato a los escenarios más emblemáticos del país, su vida fue una obra intensa, marcada por la poesía, el desarraigo y una sensibilidad que transformó el rock argentino.

Hablar de Miguel Abuelo es adentrarse en una de las historias más intensas, poéticas y desbordadas del rock nacional. Nacido como Miguel Ángel Peralta el 21 de marzo de 1946, su vida estuvo marcada desde el comienzo por el desamparo y la búsqueda. Pasó sus primeros años en un orfanato, atravesado por la enfermedad de su madre y la ausencia total de su padre. Sin embargo, ese origen áspero no hizo más que alimentar una sensibilidad única que, con el tiempo, encontraría en las palabras y en la música su forma de expresión más genuina.

Rebelde desde chico, la escuela nunca fue su lugar. Expulsado de colegios y en constante conflicto con la autoridad, encontró en la calle una forma de aprendizaje alternativa. A los 13 años dejó de estudiar, pero lejos de abandonar su formación, inició un camino autodidacta que lo conectó con autores como Julio Cortázar, Roberto Arlt y Leopoldo Marechal. La literatura lo atravesó profundamente, y esa influencia se reflejaría luego en sus letras, cargadas de imágenes, simbolismo y una lírica que escapaba de lo convencional.

El nacimiento de Los Abuelos de la Nada a fines de los años 60 fue casi un acto de intuición poética. El nombre, tomado de una frase de Marechal —“Padre de los piojos, abuelos de la nada”—, sintetizaba el espíritu de una generación que empezaba a gestarse en los márgenes. En aquellos años, el rock argentino todavía no tenía forma definida, y Miguel se movía entre la experimentación, la psicodelia y la canción popular, construyendo una identidad propia.

Su ingreso a la escena fue tan caótico como su vida. De la mano de Pipo Lernoud, se sumergió en el circuito de La Cueva, Plaza Francia y otros espacios donde comenzaba a gestarse el movimiento. Sin formación musical académica, pero con una presencia magnética, se animó a cantar ante los pioneros del género y rápidamente se ganó un lugar. Sin embargo, su carácter indómito también le jugó en contra: fue apartado de su propia banda en sus primeras etapas, en un gesto que parecía anticipar su relación conflictiva con las estructuras.

A comienzos de los 70, en un contexto de creciente represión, Miguel se exilió en Europa. Vivió en Francia y España, formó una familia y transitó circuitos alternativos. Allí grabó “Miguel Abuelo et Nada”, una obra adelantada a su tiempo que, aunque incomprendida en su momento, se transformó con los años en pieza de culto. Su experiencia europea no solo amplió su horizonte artístico, sino que reforzó su identidad: la de un artista libre, ajeno a las convenciones.

El regreso a la Argentina en los años 80 coincidió con la recuperación democrática y el auge del rock nacional. Con el impulso de Charly García, Miguel relanzó Los Abuelos de la Nada con una nueva formación que incluía a Andrés Calamaro, Cachorro López y Melingo, entre otros. Esa etapa sería la más popular y recordada del grupo, con canciones como “Mil horas”, “Costumbres argentinas” e “Himno de mi corazón”, que se convirtieron en verdaderos himnos generacionales.

En el escenario, Miguel era un personaje inclasificable. No respondía al estereotipo del rockero: recitaba poesía, improvisaba, jugaba con las palabras y con su cuerpo, y construía un vínculo único con el público. Su figura combinaba lo lírico con lo callejero, lo tierno con lo provocador. Como lo definiría años después Calamaro, era “un Maradona que mezclaba todo”: un artista total, imposible de encasillar.

Pero su vida, siempre al límite, también tuvo un final prematuro. En sus últimos años, su salud se deterioró a causa del VIH, en una época donde el tema era tabú. Miguel no lo ocultó. Fiel a su estilo, decidió enfrentar la enfermedad con la misma honestidad con la que había vivido. Murió el 26 de marzo de 1988, a los 42 años, dejando un vacío enorme en la escena del rock argentino.

Su partida, junto con las de Luca Prodan y Federico Moura, marcó el cierre de una etapa fundamental en la historia del género. Sin embargo, su legado sigue intacto. Miguel Abuelo no fue solo un músico: fue un poeta que encontró en el rock un canal de resonancia masiva, un artista que transformó su dolor en belleza y su marginalidad en identidad.

Su vida fue, en definitiva, una obra abierta. Un canto a la libertad, a la imaginación y a la autenticidad. En cada verso, en cada canción, en cada gesto, sigue latiendo ese niño que alguna vez soñó con palabras y terminó cambiando para siempre la historia del rock argentino.
 

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