
“Tango”: cuando Charly García y Pedro Aznar reinventaron su sociedad en clave pop
Grabado en una semana en Nueva York, el disco marcó el regreso creativo de dos ex Serú Girán y abrió una nueva etapa sonora en el rock argentino.
Hay discos que nacen de grandes planes y otros que aparecen casi por accidente. “Tango”, el álbum que une a Charly García y Pedro Aznar, pertenece a esta última categoría. Editado en marzo de 1986, el trabajo surgió de un encuentro espontáneo en Nueva York que terminó dando forma a una obra breve, intensa y fundamental para entender la evolución del rock argentino en los años 80.
La historia comienza en diciembre de 1985, cuando ambos músicos coincidieron en la ciudad estadounidense. Lejos de cualquier planificación, decidieron meterse en el estudio y grabar lo que terminaría siendo un disco completo en apenas una semana. La dupla se encargó de prácticamente todo: tocaron todos los instrumentos y trabajaron codo a codo con el ingeniero Joe Blaney, una figura clave que ya había colaborado con García en obras fundamentales como “Clics modernos” y “Piano bar”.
Ese contexto creativo explica en parte la frescura del álbum. Sin presiones externas ni tiempos prolongados de producción, “Tango” captura una energía casi inmediata, como si las canciones hubieran sido registradas en el mismo momento en que nacían. El resultado es un puñado de seis temas que condensan sensibilidad, experimentación y una búsqueda estética que mira hacia adelante.
Entre esos temas aparecen dos clásicos que con el tiempo se volverían indispensables: “Hablando a tu corazón” y “Pasajera en trance”. Ambas canciones reflejan esa capacidad única de García para combinar melodía y emoción, mientras que la impronta de Aznar suma sofisticación armónica y un enfoque musical que amplía el horizonte del proyecto.
El disco también incluye composiciones compartidas como “Ángeles y predicadores” y “Gramercy Park Hotel”, además de aportes individuales de Aznar como “Culpable eternamente” y “La gente es la misma”. En conjunto, el repertorio construye un equilibrio interesante entre lo íntimo y lo experimental, con una identidad sonora que dialoga con el pop, el rock y ciertos matices electrónicos.
El momento en que se gestó “Tango” también es clave para entender su significado. Por un lado, García atravesaba una etapa de transición: había disuelto la banda que lo acompañó durante los años previos —donde participaron músicos como Fito Páez— y comenzaba a armar una nueva formación con nombres como Andrés Calamaro, Fernando Samalea, Christian Basso y Richard Coleman. Era un período de cambio, de búsqueda, donde todo parecía posible.
Por otro lado, Aznar acababa de dejar el prestigioso Pat Metheny Group, donde había desarrollado una carrera internacional vinculada al jazz. Su participación en “Tango” marcó un giro hacia un lenguaje más cercano al pop, sin abandonar la complejidad musical que lo caracteriza. En ese cruce de caminos, el disco funciona como un punto de inflexión para ambos artistas.
No es casual que la dupla haya sugerido en su momento que el álbum podía entenderse como una especie de continuación de “Clics modernos”. Más allá de las diferencias, comparten un espíritu: el de un García fascinado por los sonidos urbanos, las nuevas tecnologías y la posibilidad de expandir los límites del rock argentino.
La presentación oficial de “Tango” tuvo lugar a partir del 29 de marzo de 1986 con una serie de cinco funciones con entradas agotadas en la mítica discoteca porteña Paladium. Aquellos shows marcaron el inicio de una gira por 23 ciudades y contaron con el aporte del baterista estadounidense Casey Scheuerell —único invitado en la grabación original— y el tecladista Fernando Muscolo.
Con el paso del tiempo, “Tango” se consolidó como una obra de culto dentro de la discografía de ambos músicos. No solo por la calidad de sus canciones, sino también por lo que representa: el reencuentro de dos piezas fundamentales de Serú Girán en un formato íntimo, despojado y creativo.
A casi cuatro décadas de su lanzamiento, el disco sigue sonando actual. Tal vez porque fue concebido sin fórmulas, con libertad total y en un momento donde la música argentina estaba en plena transformación. En ese sentido, “Tango” no es solo un álbum: es el testimonio de un instante creativo irrepetible, donde dos músicos decidieron volver a encontrarse y, sin proponérselo demasiado, dejaron una marca imborrable en la historia del rock nacional.